jueves, 27 de noviembre de 2014

Objetivos vitales.

A todo hombre se le  ha dicho
Qué ha de hacer antes de morir.
Hablo de estos tres objetivos:
  • Escribir un libro;
  • Plantar un árbol;
  • Y tener un hijo.
Nobles objetivos, por supuesto,
Pero parémonos un momento, pensemos:
¿Por qué debemos hacer eso?
¿Por qué esos objetivos, no otros?
Sencillo, en dos palabras está la respuesta:

DEJAR HUELLA.

Escribir un libro: la huella intelectual.
Cierto es que en la actualidad
Este objetivo se ha visto malogrado,
Pero sin mirar a penosos ejemplos,
Es un objetivo bello.
Da a nuestras ideas, a nuestros sentimientos
La oportunidad de perdurar, la vida eterna.
Incluso de calar en la vida de un desconocido
Muchos lustros después de nuestra muerte.
El hombre escribe, la posteridad es su lectora.


Plantar un árbol: la huella tácita.
En los tiempos que corren,
En los que el planeta se ve ahogado,
No queda de más darle vida a sus pulmones,
Darle un respiro, un soplo nuevo.
Plantar un árbol es devolver vida,
Reponer el aire que la tierra te dio,
Generosa ella, sin pedir mucho a cambio.
Por ello es huella muda, no se oye,
Está en el viento, es el nuevo aire.


Tener un hijo: la huella más bella.
Los anteriores son buenos objetivos,
Pero qué mejor que dar vida y educación
A un pequeño humano, sangre de tu sangre.
Queda en tus manos su sino, su formación,
Es tu deber hacerlo crecer, hacerle saber.
Es la huella menos universal, la más íntima
Porque puede que tu vida acabe,
Sin plantar un árbol, ni escribir un libro,
Pero nada de eso se puede comparar
Al hecho de que un pequeño niño
Te dé un abrazo, diciendo “te quiero, papá”.

Acento francés.

 Un buen amigo mío me narró
La historia que viene a continuación.
Es una bella historia que demuestra
Que en cualquier sitio te puedes enamorar.

Mi amigo se encontraba en el tranvía
Escuchando su música, anotando su vida.
Siempre iba armado de una libreta,
Y apuntaba cada detalle de su vida:

“Montado en el traqueteante vagón
Vi entrar a una chica, un bellezón.
Sentada frente a mí, me miró y sonrió.
Entonces sonó su teléfono, escuché su voz.

¡Sacrebleu, qué voz más  dulce,
Especiada con un bello acento francés!
¡Incroyable, qué ojos azules más cristalinos,
Trasparentan hasta poder ver su alma!
¡Mon dieu, que bonita sonrisa,
Repleta de perlas resplandecientes y finas!

¡C’est magnifique, ahora cuelga y me mira,
Mientras escribo estos versos!
¡Ce n'est pas possible, me está sonriendo,
Ahora me saluda con su mano, qué emoción!
¡Quel malheur, ahora mira por la ventana,
Parece triste, ha llegado a su parada!

Pensando que nunca la vería de nuevo,
Le dirijo la palabra, con una media sonrisa,
Con mi sonrisa más triste, le digo:
“Adieu”.
Pero ella me sonríe mucho más,
Saca un pequeño papel y me lo lanza,
Al tiempo que clava sus ojos en los míos
Y giñando uno de ellos, contesta, sonriente:
“Au revoir”.

lunes, 18 de agosto de 2014

BAJÓN.

Siempre me dijeron que fuera fuerte,
Escuché esos consejos y los apliqué.
Me hice duro, hermético, serio,
Era difícil hacerme reír,
Era imposible hacerme llorar.
Llevaba años sin llorar,
Sin derramar lágrima alguna.
Hasta aquel fatídico día.

Allí, en mitad de la cocina,
Me derrumbé, tuve un gran bajón.
Derramé lágrimas hasta casi inundar
El escenario de mi tremenda crisis.
Lloré desconsolado, dolor puro.
Eso era demasiado hasta para mí:
No quedaba helado de chocolate.

domingo, 27 de julio de 2014

Los tipos duros ya no están de moda.

Ayer, mientras visitaba un viejo manicomio,
Leí un texto grabado en la pared,
De un antiguo residente, supongo.

El texto era un canto de rebeldía,
Un grito reivindicativo, y decía así:

“Los tipos duros ya no están de moda,
La gente ya no quiere antihéroe alguno,
Ahora prefieren, directamente, a los villanos.

Yo soy uno de esos villanos.
Mientras el tipo duro anda lento,
Con una gran explosión a su espalda,
Encendiendo un pitillo,
Mi figura se recorta entre el humo.
El tipo duro se gira y,
Entre los escombros, aparezco.
Él me mira, incrédulo,
Yo poso en él mis ojos de asesino,
Le brindo mi sonrisa de psicópata.


Nunca aprenderá que yo no soy
De esos que miran de frente al perro
Rabioso y hambriento y le hace burla.
No soy de esos.
Yo soy el perro.


Mientras el lucha por la justicia,
Yo sólo lucho por diversión.
Y nada me divierte más en la vida,
Que arrancar a la gente como él la vida.

Por eso me tienen aquí metido,
Por ello escribo esto.
Con una navaja robada a un celador,
Dejo constancia de mi pasado por el mundo.

Y todos me llaman psicópata, loco y demás.
Yo siempre les digo lo mismo y sonrío:
“Sólo tengo un punto de vista más divertido”.


jueves, 10 de julio de 2014

El precio de las personas

Todo el mundo tiene un precio. No hay nada que me aterre más que descubrir el mío.

Cada día me convenzo más y más de que cada persona tiene un precio por el cuál dejaría a un lado todo de sí mismo, cada pequeña parte que forma su identidad. Y, aunque seguramente sea lo más común y lo que a todo el mundo se le ocurre por precio, no me refiero sólo a una desorbitada cantidad de dinero.

Bien es cierto que muchos matarían a toda su familia si se les diera riqueza a raudales. Aunque otros tantos también harían esa misma tarea gratis. Pero sí es cierto que el dinero, actualmente, es una de las principales motivaciones para cualquier cosa. Para hacer una tarea que a nadie agrada saldrían voluntarios hasta del subsuelo si estuviera sobradamente bien pagada. A todos nos gustaría conseguir algo que es un sueño desde la infancia, y tener dinero sería la más rápida forma de conseguirlo en casi cualquier caso.

¿Me vendería por una cifra con más ceros de los que jamás pueda contar? No lo creo. El dinero pude comprar casi todo. Y en ese casi está la clave. Por mucho dinero que se posea jamás podrás comprar amor, amistad u otros conceptos de similar naturaleza. Quizá puedas pagar a alguien para que te ame o para que sea tu amigo, pero eso no es ni amor ni amistad de verdad. Por ello el dinero, si bien es una gran vía para conseguir cosas, nunca podrá comprarlo todo.

Algunas personas no tienen un precio medible en dinero. Hay una pregunta que muchas veces formulo a las personas que conozco: “¿darías todo lo que sabes por todo lo que ignoras?”. Las respuestas son cuanto menos sorprendentes. Y el resultado es que casi todos, después de una honda deliberación, lo harían darían todo sus conocimientos a cambio de todo aquello que desconocen. Así pues, ahí hay otro posible precio de una persona: conocimiento. En todos los medios posibles hemos visto historias de aquellos que sacrifican sus vidas e incluso las de otras personas sólo para conocer un secreto oculto a todos.

¿Podría ese ser mi precio? ¿Podría llegar a venderme a cambio de conocimiento?  Nunca lo sabré, o eso espero. En mí conviven dos actitudes muy contrarias. “La curiosidad mató al gato” me repite de continuo una de ellas, pero la otra siempre apostilla lo mismo “... Pero murió sabiendo”. Las ansias de saber son, pues, una necesidad del ser humano al igual que la de tener dinero para derrochar. En algunos incluso tiene más peso que el dinero. En el mío pesa algo más el ansia de saber, pero no creo que esa pueda ser mi precio.

También los hay que sólo ansían ser atendidos. No me refiero con esto a un escenario rodeado de butacas y palcos en el que quien quiere la atención expone a todos los asistentes sus ideas. Me refiero a aquel al que nunca nadie hace caso, al que se sienta en una esquina  solo y todos pasan de él o se acercan un rato por lástima, haciéndolo más por su ego que por ayudar a quien lo necesita, y olvidándolo casi al instante. Con este apartado me refiero a aquellos que darían su alma si pudieran por encontrar a esa persona que le atienda de verdad, no por lástima, no por ego, sino por verdadera empatía. Gran palabra esa. Hay gente que vive, pasa por la vida sin pena ni gloria y nunca llega a sentir qué es la empatía. Eso es aterrador. Todo humano viviente tiene en su cabeza al menos un prototipo de “persona especial” y en ese prototipo siempre aparece la empatía, explícita o tácitamente.  

Ahora bien, ¿mi precio sería este, encontrar a alguien que realmente me haga sentir que nuestra relación es la mejor definición de empatía, mejor incluso que la de un diccionario? Bien es cierto que es algo común el desear conocer a esa persona pero no creo que me vendiera por la posibilidad de conocer a esa persona.
La autorrealización. Ese podría ser mi precio. La clave para realizarme a mí mismo podría ser un buen precio. Pero no. Personalmente creo que esa clave es algo compuesto, un cúmulo de experiencias y conocimientos que, bien conjugados, forman esa clave. Y el elemento inmutable que creo que acarrea esa composición, es el juntar tú mismo todos esos datos, todas esas piezas. Para mí no es autorrealización si la clave te la da otro.

Ni el dinero, ni el conocimiento, ni la empatía, ni la autorrealización... Podríamos seguir años buscando cada uno de los conceptos abstractos que pueden ayudar al ser humano a sentirse completo sin dar con uno que nos convenza del todo. ¿Por qué es esto? Porque esto es algo teórico.

Yo puedo vanagloriarme de ser tan íntegro que no me vendería por todo el oro del mundo, pero, ¿me lo han ofrecido?  No. Por mucho que teorice sobre esto siempre llego a la misma conclusión. No puedo saber cuál es mi precio si nadie me lo ofrece en la realidad. El día en que alguien me ofrezca cien millones de euros e inmunidad por cometer un asesinato múltiple y lo rechace podré decir que mi precio no son cien millones de euros. El día en que me muera de hambre y me ofrezcan hacer eso mismo, pero a cambio de una galleta, lo justo para no desfallecer famélico,  y acepte, sabré que el precio que tengo cuando me muero de hambre es una mísera galleta.


Una simple y pequeña galleta podría ser mi precio dadas las circunstancias. Por ello temo descubrir mi precio, puede que sea la mayor nimiedad del mundo y que por ello me vea obligado a aceptar. 

Todos tenemos un precio y me horroriza conocer el mío.