Todo el mundo tiene un precio. No
hay nada que me aterre más que descubrir el mío.
Cada día me convenzo más y más de
que cada persona tiene un precio por el cuál dejaría a un lado todo de sí
mismo, cada pequeña parte que forma su identidad. Y, aunque seguramente sea lo
más común y lo que a todo el mundo se le ocurre por precio, no me refiero sólo
a una desorbitada cantidad de dinero.
Bien es cierto que muchos matarían
a toda su familia si se les diera riqueza a raudales. Aunque otros tantos
también harían esa misma tarea gratis. Pero sí es cierto que el dinero, actualmente,
es una de las principales motivaciones para cualquier cosa. Para hacer una tarea
que a nadie agrada saldrían voluntarios hasta del subsuelo si estuviera sobradamente
bien pagada. A todos nos gustaría conseguir algo que es un sueño desde la
infancia, y tener dinero sería la más rápida forma de conseguirlo en casi
cualquier caso.
¿Me vendería por una cifra con
más ceros de los que jamás pueda contar? No lo creo. El dinero pude comprar casi
todo. Y en ese casi está la clave. Por mucho dinero que se posea jamás
podrás comprar amor, amistad u otros conceptos de similar naturaleza. Quizá
puedas pagar a alguien para que te ame o para que sea tu amigo, pero eso no es
ni amor ni amistad de verdad. Por ello el dinero, si bien es una gran vía para
conseguir cosas, nunca podrá comprarlo todo.
Algunas personas no tienen un
precio medible en dinero. Hay una pregunta que muchas veces formulo a las
personas que conozco: “¿darías todo lo que sabes por todo lo que ignoras?”. Las
respuestas son cuanto menos sorprendentes. Y el resultado es que casi todos, después
de una honda deliberación, lo harían darían todo sus conocimientos a cambio de todo
aquello que desconocen. Así pues, ahí hay otro posible precio de una persona: conocimiento.
En todos los medios posibles hemos visto historias de aquellos que sacrifican sus
vidas e incluso las de otras personas sólo para conocer un secreto oculto a
todos.
¿Podría ese ser mi precio? ¿Podría
llegar a venderme a cambio de conocimiento? Nunca lo sabré, o eso espero. En mí conviven
dos actitudes muy contrarias. “La curiosidad mató al gato” me repite de
continuo una de ellas, pero la otra siempre apostilla lo mismo “... Pero murió
sabiendo”. Las ansias de saber son, pues, una necesidad del ser humano al igual
que la de tener dinero para derrochar. En algunos incluso tiene más peso que el
dinero. En el mío pesa algo más el ansia de saber, pero no creo que esa pueda
ser mi precio.
También los hay que sólo ansían ser
atendidos. No me refiero con esto a un escenario rodeado de butacas y
palcos en el que quien quiere la atención expone a todos los asistentes sus
ideas. Me refiero a aquel al que nunca nadie hace caso, al que se sienta en una
esquina solo y todos pasan de él o se
acercan un rato por lástima, haciéndolo más por su ego que por ayudar a quien
lo necesita, y olvidándolo casi al instante. Con este apartado me refiero a
aquellos que darían su alma si pudieran por encontrar a esa persona que le
atienda de verdad, no por lástima, no por ego, sino por verdadera empatía.
Gran palabra esa. Hay gente que vive, pasa por la vida sin pena ni gloria y
nunca llega a sentir qué es la empatía. Eso es aterrador. Todo humano viviente
tiene en su cabeza al menos un prototipo de “persona especial” y en ese prototipo
siempre aparece la empatía, explícita o tácitamente.
Ahora bien, ¿mi precio sería este,
encontrar a alguien que realmente me haga sentir que nuestra relación es la
mejor definición de empatía, mejor incluso que la de un diccionario? Bien es
cierto que es algo común el desear conocer a esa persona pero no creo que me
vendiera por la posibilidad de conocer a esa persona.
La autorrealización. Ese podría
ser mi precio. La clave para realizarme a mí mismo podría ser un buen precio. Pero
no. Personalmente creo que esa clave es algo compuesto, un cúmulo de
experiencias y conocimientos que, bien conjugados, forman esa clave. Y el
elemento inmutable que creo que acarrea esa composición, es el juntar tú mismo
todos esos datos, todas esas piezas. Para mí no es autorrealización si la clave
te la da otro.
Ni el dinero, ni el conocimiento,
ni la empatía, ni la autorrealización... Podríamos seguir años buscando cada
uno de los conceptos abstractos que pueden ayudar al ser humano a sentirse
completo sin dar con uno que nos convenza del todo. ¿Por qué es esto? Porque
esto es algo teórico.
Yo puedo vanagloriarme de ser tan
íntegro que no me vendería por todo el oro del mundo, pero, ¿me lo han ofrecido?
No. Por mucho que teorice sobre esto
siempre llego a la misma conclusión. No puedo saber cuál es mi precio si nadie
me lo ofrece en la realidad. El día en que alguien me ofrezca cien millones de
euros e inmunidad por cometer un asesinato múltiple y lo rechace podré decir
que mi precio no son cien millones de euros. El día en que me muera de hambre y
me ofrezcan hacer eso mismo, pero a cambio de una galleta, lo justo para no
desfallecer famélico, y acepte, sabré
que el precio que tengo cuando me muero de hambre es una mísera galleta.
Una simple y pequeña galleta
podría ser mi precio dadas las circunstancias. Por ello temo descubrir mi
precio, puede que sea la mayor nimiedad del mundo y que por ello me vea
obligado a aceptar.
Todos tenemos un precio y me horroriza conocer el mío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario