A todo hombre se
le ha dicho
Qué ha de hacer
antes de morir.
Hablo de estos
tres objetivos:
- Escribir un libro;
- Plantar un árbol;
- Y tener un hijo.
Nobles objetivos,
por supuesto,
Pero parémonos un
momento, pensemos:
¿Por qué debemos
hacer eso?
¿Por qué esos
objetivos, no otros?
Sencillo, en dos
palabras está la respuesta:
DEJAR HUELLA.
Escribir un
libro: la huella intelectual.
Cierto es que en
la actualidad
Este objetivo se
ha visto malogrado,
Pero sin mirar a
penosos ejemplos,
Es un objetivo
bello.
Da a nuestras
ideas, a nuestros sentimientos
La oportunidad de
perdurar, la vida eterna.
Incluso de calar
en la vida de un desconocido
Muchos lustros
después de nuestra muerte.
El hombre
escribe, la posteridad es su lectora.
Plantar un árbol:
la huella tácita.
En los tiempos
que corren,
En los que el
planeta se ve ahogado,
No queda de más
darle vida a sus pulmones,
Darle un respiro,
un soplo nuevo.
Plantar un árbol
es devolver vida,
Reponer el aire
que la tierra te dio,
Generosa ella,
sin pedir mucho a cambio.
Por ello es
huella muda, no se oye,
Está en el
viento, es el nuevo aire.
Tener un hijo: la
huella más bella.
Los anteriores
son buenos objetivos,
Pero qué mejor
que dar vida y educación
A un pequeño
humano, sangre de tu sangre.
Queda en tus
manos su sino, su formación,
Es tu deber
hacerlo crecer, hacerle saber.
Es la huella
menos universal, la más íntima
Porque puede que
tu vida acabe,
Sin plantar un
árbol, ni escribir un libro,
Pero nada de eso
se puede comparar
Al hecho de que
un pequeño niño
Te dé un abrazo, diciendo “te quiero, papá”.
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